México es uno de los destinos a los que acude Laibaján para descubrir y trabajar con artesanos. En casi todos los estados de este país inagotable pueden hallarse verdaderas joyas realizadas a mano, pero sin duda Oaxaca es uno de los más relevantes por su gran diversidad cultural. Conviven 17 grupos étnicos y se hablan 177 variantes lingüísticas, lo que resulta determinante en la riqueza y complejidad de sus textiles. Y uno puede comprender y deleitarse con la belleza y la historia de esta inmensa variedad de tejidos y bordados en uno de los espacios más interesantes de la ciudad, el Museo Textil, un punto de encuentro entre personas, tradiciones, artesanía, diseño y arte contemporáneo. Hemos tenido la oportunidad de conversar con el arquitecto de tan emblemático lugar, Juan José Santibáñez, uno de los creadores más especiales y comprometidos de esta tierra fascinante, que defiende y apoya con su labor un legado biocultural excepcionalmente valioso.

¿Cómo surgió este proyecto, Juan?

El pintor Francisco Toledo, Crispin Morales, Alejandro de Ávila, Isabel Grañen y Alfredo Harp, tenían desde hace tiempo la idea de adecuar un espacio para sus colecciones textiles privadas, así que sumaron fuerzas y capacidades para formalizar este proyecto. Los Harp que ya me habían encargado en el pasado la BS (Biblioteca infantil), descubrieron que los objetivos de la fundación que ellos solventan volvían a empatar con mi lenguaje espacial.

¿En qué te inspiraste para convertir una casona del XVIII en un Museo Textil?

Todas las obras me dejan una respuesta al espíritu si lo hago con el corazón, y como cada una tiene sus singularidades por resolver, necesito involucrarme hasta lo más profundo para emocionarme. De esa manera cada volumen cobra significado y con cada textura y color donde se reflejará, tamizará o ahogará la luz, se creará el espacio imprescindible.
Por otra parte, como cada cliente tiene sus particularidades y requerimientos trato de encontrar con ellos los valores naturales y culturales del lugar que me guíen hacia la solución. Busco en mi quehacer la raíz que nutra sustancialmente los espacios y les de sentido, una metamorfosis con el lenguaje del emplazamiento y sus gentes para lograr verdadera belleza y que no quede en lo “bonito”. En este caso, “Casa Antelo” estaba en mal estado, gran parte de los techos de las habitaciones estaban destruidos y las columnas que daban forma al antiguo patio estaban en el suelo. Pero afortunadamente existían algunas fotografías en el Instituto Nacional de Antropología e Historia que apoyaron los criterios de restauración, y con ello pudimos responder a las expectativas de la fundación de lograr ese espacio que hablara de la cultura regional y de la misma arquitectura colonial.

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¿Cuáles son los vínculos entre el resultado arquitectónico y las maravillas para las que se creó?

El más importante es que tanto la obra como lo que hay en el museo fue realizado de manera artesanal. Desde el principio hablamos sobre manejar una textura semejante a la de los tejidos, así que todos los días pasaba por el mercado para ver los calados, las tonalidades y combinaciones. Me angustiaba no encontrar el idóneo y sabía que tenía que manejar una celosía para filtrar la luz perfecta que no estropeara las fibras expuestas en el interior. Decidí tomarme unos días para irme a la Mixteca a estar en silencio. Eran días de lluvia y caminé hacia la cañada donde iba muchas veces de niño con mi padre. Me perdí por los cerros, me encanté con las peñas rojas y grandes que sobresalían entre los pastos verdes. Las nubes muy oscuras en el Oriente estaban cerrando el cielo pero el sol desde el poniente iluminaba gran parte de ellas en sus primeros planos. Empezó a chispear, me refugié en una de las grandes piedras y ahí, arrobado por el momento y gozando de lo que veía, descubrí una fila de hormigas negras que pasaban cerca de mí. Me acerqué con la lupa y para mi sorpresa, vi como una me miraba con sus ojos de grecas triangulares. Luego Isabel Grañen me trajo un libro sobre Josep y Emi Albers, fui varias veces a inspirarme a los restos arqueológicos de Mitla, y una noche en el adormecimiento, surgió la idea del muro.

Si miras al detalle cualquier textil de las regiones de este estado, de todo el país y del mundo, puedes ver los triángulos que forman los ladrillos, así que por qué no acomodar formas y materiales usados en todas las culturas y formar matices de sombras diferentes.

¿Qué otros proyectos relacionados con las comunidades indígenas realizas?

Fui asesor de arte sacro en la diócesis de Huajuapan de León en los 90´ y tuve la oportunidad de viajar a muchos pueblos, asesorar en bardas, cúpulas, casas parroquiales, fachadas, patios, etc., y conocer la cultura de mi región, su riqueza y su pobreza. En el año 2000 apoye a 16 campesinas de la comunidad de San Miguel Amatitlán a construir sus casas, un proyecto llamado “Mujeres de Arcilla”. Ellas hacían todo, desde los adobes con sus propios materiales regionales y a un costo muy bajo hasta crear los espacios con una gran calidad nutrida por su pasado.

Inspirado por este proyecto nació otro llamado “Adobe for Woman” que promovimos en dos comunidades mixtecas, Santiago Ayuquiliya y San Juan Mixtepec, y cuyo ejercicio era construir, junto con el apoyo de estudiantes de escuelas nacionales y extrajeras, casas de adobe para 27 mujeres. Actualmente estamos también desarrollando otro en la comunidad de Tezoatlan con el doble objetivo de apoyar a mujeres en desventaja y el de sensibilizar a los estudiantes de arquitectura en talleres de varios días con temas universales. Se trata de que cuenten con un espacio alternativo para explorar las múltiples posibilidades de esta profesión, usar materiales del entorno, construir con sus propias manos, conocer la visión de campesinos, antropólogos, fotógrafos, músicos, geólogos… Abrir, en pocas palabras, una puerta a su hacer.

¿Cómo aprecias el futuro de la arquitectura en tu tierra y el tuyo propio respecto a ésta?

Siento que tenemos que aprender de la esencia vernácula, hacer comunión con el entorno al construir. Cada obra podría tener ese papel de común unión. Sólo así hablaremos de verdad de una arquitectura sustentable. Desagraciadamente esto no lo enseñan en todas las escuelas y se aprende viviendo y amando el trabajo que uno hace. Mi futuro como creador de esta arquitectura que llamo regional es acercarme a obras con los valores de los abuelos, poco académicos pero con el sentido común más desarrollado. Respiro más el ambiente de relación hombre material naturaleza porque creo que me hace más humano, que me conecta más al cosmos. De ese modo, cada proyecto deja un registro en mi espíritu de serenidad. Con los ejercicios que he logrado hasta hoy con jóvenes estudiantes de arquitectura compruebo con alegría la posibilidad de que se descubran en ese camino.

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